camisa blanca de mi esperanza

11 abril 2008

Casapatas



La prueba más evidente de que me importa un bledo lo que digo es que pueda dejar escrito un post como el del Goya mucho tiempo. Aunque yo no vengo aquí a hablar de eso.

Estuve el otro día en Casapatas y me desplumaron. Lo prueba la imagen de arriba. La ensalada tomatera eran doce rodajas de tomate psuedoRAF con tomillo y aceite, y mira a ver cuánto vale.

La torta del Casar, la que se unta, estaba servida sobre un plato caliente. Los huevos rotos es imposible que salgan mal, pero costaban 15 euros.Y las croquetas eran de las normales pero subastables en Sothebys.
Yo ya me estaba dando cuenta de todo esto mientras cenaba, y así me espetó. Para mi la comida es sagrada.

Las raciones eran cortas, quería comer más y me molestaba que aquello costase tanto. Pero el vino estaba bueno —obsérvese el precio— y uno afronta con optimismo las desventuras. Además, poco después íbamos a ver un espectáculo de flamenco y eso bien vale la esperanza.Hasta que llegó la cuenta.

Y el concierto lo cobran. Entonces tu estimación implota ante la desmesura de esa cifra que no ahoga el vino.

Sano estó el que olvida, no obstante, y cruzas el umbral de la sala a escuchar flamenco en el sitio más genuino de Madrid, adonde han venido grandes flamencos.

Nos sentamos y tomamos de nuevo la carta. La jarra de sangría valía 30 euros. Mientras esperábamos a que comenzase el espectáculo me di cuenta que mis codos rozaban con los del vecino. Me separé. Brindamos y hablamos.Observé el local. Muy oscuro.

Creí ver una vieja cara conocida. Un jóven todo vestido de negro que me pareció ser uno de los camareros. Le conocí. Era uno de los que paraban en el parque de las piscinas. Uno de los punkis. El Pilas le llamaban —el nombre no es real—.
Mira este hombre dónde ha acabado— me dije. El tipo me conoció. Entonces pensé: flipa con la tía que voy.

Continuamos hablando. El famoso que estaba cenando en la mesa de al lado estaba ahora sentado en primera fila. La luces se apagaron entonces y todo quedó a oscuras.
Se enciende el foco y sale un guitarrista, otro guitarrista, un cantaor, otro cantaor y El Pilas. Entonces se lo tuve que decir a mi novia:
—El de en medio es de Coslada, era punki, le llamaban El Pilas.

Empezó el flamenco. Flojo. Con buenas voces pero escasas de pulmones. El cajón brilló por su ausencia. Salieron dos bailaores. El lote completo. Ella mejor que él.
Pedimos otra copa y un camarero me llamó la atención por palmear. Sin olvidar que estaba prohibido fumar. Pero nos reímos.

Empezamos a verle la gracia al desplume. Comenzó a darnos igual el desfalco. Te han desplumado—me decían. Vaya desplume. Qué susto. Un poco más y salgo de aquí en calzoncillos.

Caímos en la cuenta de por qué estaba El Pilas en el escenario. Estaba pagando su cuenta. Era tan alta que el tipo había empezado de camarero para liquidarla y había acabado de cantaor. Al camarero le estaba pasando lo mismo. Satisfaciendo la deuda. Nosotros porque teníamos dinero.

Pero me desplumaron.

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