camisa blanca de mi esperanza

07 febrero 2008

Yo y mi superyo, tú y tú supertú


Antes era más gracioso, más simpático y más ingenioso. He dado un bajón porque veo House siempre que puedo. Con lo mala que es. Siempre he dicho que donde dije digo, digo Diego. Lo bueno es que también veo Me llamo Earl. Una serie ácrata y divertida sin pelos en la lengua capaz de hacerle sombra a Los Flodders, la producción holandesa que emparenta con la americana de los años 50 en la que una familia rural descubre petróleo en sus tierras y deciden comprar una casa en Beverly Hills. Ponen al burro a pastar en el jardín. Basura blanca.

Admiro a aquellos que cambian de parecer. Aquellos cuyo pensamiento camina con ellos por la vida. No me fio de los que piensan lo mismo con 20 que con 40. Como si la experiencia no influyese en la percepción del mundo y su asombro.


La vida es similar al paseo divino por la calle de una ciudad en la que nunca has estado. No saber qué hay tras la esquina. Si aparecerá el más alto y bello de los edificios o tu justiciero, el amor o la caca de un perro.

Espero que pronto vuelvan a hacer el premio 20 minutos pedoblogs. Con lo que me reía yo leyendo a los juntaletras. Todos egocéntricos y cursis, pasteleros.

La crítica es más fácil que el elogio, quizá porque cada uno de nosotros somos el centro del Universo. Al menos así lo veo YO, todo cuanto es gira en torno a mí.

No creo, como Berkeley, que sólo exista aquello que percibo, pero sí que solo sé que existe aquello que percibo. En el fondo, cada ser perceptor es un dios.



Me río de aquelos que dicen saber más que los otros. Rousseau decía que todos sabemos lo mismo. Si pudieramos pesar el conocimiento de cada cual el resultado sería idéntico. Unos 10 kilos de aquello que les incumbe, otros 10 kilos de su incumbencia. Pero todos 10 kilos.

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